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Hoy he tenido un recuerdo de algo que nunca he vivido, al menos conscientemente. Hoy he hecho dos sesiones de yoga y carrera a pie. Es otoño, ha llovido los últimos días, el suelto estaba mojado, la tierra húmeda. Cada pisada era amortiguada por el barro, hundiéndose unos milímetros, el sonido de mi respiración me acompañaba, iba corriendo por encima de la vegetación que era bastante espesa, de unos 20cm de alto en algunas zonas. El sonido de mis pies sobre la paja verde al doblarse, la cadencia de la carrera, me resultaba familiar. De pronto he pensado: ése era el mismo sonido que mis antepasados escuchaban cuando corrían por encima de la vegetación en pleno invierno, persiguiendo alguna presa. Un recuerdo que sin duda se encuentra en mi memoria genética y que es real.

Pienso que las distracciones constantes de la ciudad nos alejan de nosotros. Me encuentro muy cerca de mi centro viviendo junto a la naturaleza, me suceden cosas bonitas, como esta conexión genética con otras vidas, con otros hombres que ya pasaron.

Psicológicamente podemos ser conscientes de nuestra conducta estudiando nuestra herencia genética. Homo Sapiens tiene ya 200.000, y llevamos apenas 200 viviendo en ciudades industrializadas. Debido a la velocidad de las ciudades donde los estímulos son constantes, nos cuesta adaptarnos ya que nuestra mente no evolucionó en un entorno semejante.

Como seres racionales podemos ser conscientes y utilizarlo a nuestro favor, indagando en aquello que necesitamos como especie - la naturaleza - y en aquelllos nuevos aspectos de la vida moderna que pueden enriquecernos - el desarrollo cultural -, creo que es ahí donde se encuentra el equilibrio. Así mismo al volvernos conscientes de nuestra conducta y de cómo nos afecta el entorno podemos utilizarlo a nuestro favor, explotando de este modo todo nuestro potencial humano.

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